EL TERMINAL

Excelente ensayo

Diego Alejandro Gallegos Rojas nos relata las vivencias que se manifiestan un dia cualquiera en el Terminal terrestre  de Quitumbe.

Entre ellas,  seguro que han pasado muchas de refugiados Venezolanos, huyendo de su propia tragedia. Es el escape de millones de Venezolanos que ,sin temor a exagerar, se asemeja mucho al escape de los Judíos de la Europa dominada por Hitler o de la Rusia martirizada por Stalin o de la Cuba tiranizada por Castro!

EL TERMINAL

Diego Alejandro Gallegos Rojas

Vienen y van de todas partes, con su propio apuro, con su propia tardanza. Cargan mochilas en sus espaldas, en sus brazos, en sus manos y hasta sobre sus cabezas. Otros arrastran bolsos, fundas, maletas de todos los colores y dolores. No están solos, les acompañan sus sombras que se resisten a dejarlos, a abandonarlos, a desampararlos en mitad del camino, en medio del viaje, que todavía no ha empezado o que empezó antes de que compren el pasaje que les llevará a la última estación, a su último destino, a su primero o último adiós.

No importa la hora. El tiempo les envuelve, les adormece, les acaricia o les abofetea en el rostro, en el ruido mordiendo, recriminando al silencio. Por ese momento, las maletas de viaje son sus compañeros inseparables, conforman uno más de ellos. Tal vez es lo único importante que tienen en ese momento. En ese instante que para algunos de ellos es eterno. Porque están desesperados por dejar ese lugar, y volver a toda prisa a su grata o ingrata tierra. Otros, lo hacen obligados por las circunstancias, porque recibieron una llamada urgente comunicándoles que algún familiar murió y desean con todo el corazón que no sea verdad, que solo fue un mal invento, una pésima llamada, una descorazonada noticia.

En las maletas llevan la ropa planchada para que en el trayecto no se les arrugue el alma, no se les triture el corazón, para que no se rompa la envoltura que les sirve para cubrir su desnudez, su pudor, su vergüenza, honestidad y deshonestidad. Llevan también algún elemento extraño que por necesidad deben transportar. En esas maletas guardan también con todas las llaves posibles todos los recuerdos acumulados en la vida, para que no se les escape ninguno, y así no se desvanezcan en la memoria cacareada de la indiferencia, de la insensibilidad. Si se les extraviara una maleta es como si perdieran un brazo, un ojo, un diente careado, un riñón aplastado o el corazón embrutecido, como si perdieran la vida.

Existen tantas historias como tantas personas que circulan por este terminal durante la mañana, la tarde, la noche y hasta la fría madrugada quiteña. Puede ser cualquier terminal de buses del mundo.

Los mismos personajes con otros rostros, con otras miradas deambulan con sus pensamientos, y con sus adormecimientos. Es parte del peso de la existencia que les acompaña, que nos les permite soltarse, liberarse de sus miedos, de sus prejuicios, de su bronca contenida o de su felicidad fingida.

Cada uno divaga, deambula con su propia sombra, con sus propios ángeles y demonios. Son personajes anónimos, irrepetibles, con sus propios nombres y apellidos que se reencuentran al paso, olfateando la vida, su propia vida, la de ellos, de todas las miradas, de todas las sombras, de todas las certezas e incertidumbres… con la muerte acechándoles en cada curva de la carretera.

Me interrumpe una mujer. Me indica algunas manillas de hilo que ella ha confeccionado. Me pide que le escuche aunque no le compre. Le agradezco por su explicación de las manillas de colores, mas no le compro. Luego me dice que le regale cualquier moneda porque viaja a Loja y le falta completar para comprar su boleto. Le doy algunas monedas, parece que la vendedora salió ganando, porque al final fue como si le hubiera comprado la manilla de hilos de colores.

Una joven mujer limpia las baldosas de este terminal de buses. Lo limpia para que no quede ninguna suciedad, ninguna porquería, ningún desperdicio, que su limpieza no se manche con la polilla de la corrupción del mundo, que todo sea honesto, reluciente, transparente y lo logra como si deseara dejar su huella, su rostro tatuado sobre la baldosa. Sin embargo, lo que me llama la atención de ella, es que cuelga en su cuello, la kufiyya, que estoy seguro que ella no sabe cómo se llama, ese pañuelo que lo utilizan los palestinos. Me pregunto: ¿sabrá ella lo que ahora mismo está ocurriendo en Palestina?

Ahora camina una monja, es franciscana, lo hace despacio como para no caerse, para sostenerse con toda su vida. Lleva un bolso. Está cansada. Se sienta y al poco rato la veo con un rosario en la mano. Así se encomienda a su Dios para que ella ni los pasajeros no encuentren ningún tropiezo en el camino, que todos lleguen a su destino con felicidad. Otra señora que está a su lado, se persigna y la acompaña a la religiosa y en estos momentos rezan juntas la hora de la misericordia… En el trayecto veo también a un hombre, quien porta sobre su cabeza una especie de gorra, pero en verdad es una kippá, la reconozco de inmediato. Me recuerda a las que ví en Israel, pero esa es otra historia. La kippá es como la que utilizan los obispos, el Papa, pero la diferencia es que es más pequeña. Más allá, como si salieran del anonimato, como si dijeran faltamos nosotras, observo a dos mujeres que cubren sus cabezas como si se tratara de una pañoleta, es la hiyab, que utilizan las mujeres musulmanas. Ellas caminan apuradas como si fueran a perder el bus o la vida misma. En este terminal se concentran al paso silencioso estas tres religiones monoteístas representadas a su manera por sus feligreses, sus devotos. Es curioso este terminal de transporte se convierte a su manera en cosmopolita.

Nada mejor que un buen sitio para declarar su amor clandestino o para la reconciliación, para amarse a la vista de todo el mundo, que ni siquiera se detienen a mirar a la pareja que se besan desaforadamente como recuperando el tiempo perdido, como aprendiendo a besar, como desaprendiendo amar, porque no hay un catálogo que sirva para amarse mejor en buenos o malos momentos o en tiempos de abundancia, de crisis, de desesperación. Lo hacen por instinto como los animales que no tienen vergüenza ni pudor para demostrar su amor. Sus caricias apuradas, mal aprendidas. Para no arrepentirse del amor, para no perder el olor de la piel, que se quede tatuada en la memoria. El corazón atragantándose, descomponiéndose, descorazonándose. Tras de amarse, la muchacha le dice a su enamorado que no la abandone, que la lleve también, que todavía hay tiempo para comprar el boleto. Él se marcha solo. Se dan el último beso como si fuera la despedida del pecado, del amor.

Mi vista va con dirección a tres voluntarios de la Cruz Roja, un hombre y dos chiquillas, una de las mujeres trae una silla de ruedas. ¿Qué ocurriría? Entonces, el hombre le pregunta algo a un joven. Está pálido, le ha bajado la presión, me digo. Me gana la curiosidad y me acerco. Pregunto a otro hombre: “¿Qué le ha pasado?” “Le han dado escopolamina”, quien me responde es un taxista. Él miró que dos guardias lo bajaban al muchacho del bus que acaba de llegar de alguna parte. Veo que el joven sin poner resistencia es colocado en la silla de ruedas y es conducido para ser salvado a tiempo.

¿Qué otras historias ocurren en este terminal?

Un hombre barbudo solicita una colaboración para viajar. Estoy equivocado. “Amigos”, dice el hombre barbudo,“soy de Colombia, me ayudan para comer, tengo cinco hijas”, pero yo no las veo. Y se marcha como llegó extendiendo la mano para que algún caritativo le ofrezca algunas monedas para tragarse el hambre antes que a él se lo devore.

Una pareja de extranjeros se detiene ante la oficina de Información Turística del terminal. Ingresa el hombre de chompa verde y mochila azul. Mientras su compañera rubia, de pantalón rosado hace guardia, lo espera nerviosa, insegura, porque camina de un lado a otro, como para darse cuenta del lugar donde está. Al poco rato el turista sale y enseguida una mujer con uniforme tipo militar castrense, azul oscuro, coloca una especie de cadena larga, como si fuera un candado y cierra la puerta de vidrio. La atención ha terminado.

Un muchacho sentado habla por celular como si lo fuera a devorar, a tragárselo entero de un santiamén. Cerca de él hay varios hombres y mujeres que escriben mensajes en sus celulares, lo hacen desesperados, como si se tratara de una competencia de velocidad, o como si fueran a llegar atrasados a su primera o última cita.

Más allá un grupo de rockeros, visten de negro entero. Uno de ellos lleva una guitarra. Otro tiene una especie de argolla alrededor de su nariz, como si se tratara de un tramojo, de esos que les ponen a los cerdos para que no traspasen los linderos de los vecinos y así se eviten problemas con la justicia. Hay un rockero melenudo con un tatuaje en su brazo derecho, que mueve su cabeza de arriba hacia abajo, parece como si se le fuera escapar la cabeza por el aire. Su cabellera se asemeja a un remolino agitando y espantando al viento para que lo dejen en paz.

Miro a una joven mujer indígena que corre hacia un asiento, ahí la espera una mujer anciana, con canas, ambas visten con anaco azul oscuro intenso. Parece que la anciana le reclamara por haber llegado tarde. Ella se disculpa. Luego la joven se coloca sobre sus espaldas un costal de papas. Mientras la anciana le sujeta con sogas para que no se le caiga la carga, y la joven indígena se aferra a ella, como si fuera una parte importante de su cuerpo, más que su alma, más que su respiración. Ellas se marchan del terminal para reencontrarse con su otra y verdadera realidad.

Un pastor alemán se acerca y me mueve su rabo, -me confunde con su amo-, desea con todas sus pulgas que yo lo adopte. Me olfatea como para reconocer el olor. Me mira con tristeza, para que le tenga lástima, compasión y mueve su cabeza, tal vez así me anime a recogerlo, y brindarle un hogar seguro, una comida, aunque sea una vez por día. Me gustaría llevarlo pero donde vivo no se admiten animales. Me queda mirando por algunos minutos más. Ya cansado se marcha, hacia otro lado, para que todos los pasajeros lo miren, para que alguien lo reconozca, le llame por sus nombres o le invente otros. Y como si hubiera sido vencido de toda espera, estira sus patas, se acuesta, inclina su cabeza sobre la brillosa baldosa, como sintiéndose derrotado, en agonía. Sin embargo, algo le llama la atención. Mira a un niño que lleva sujeto con una soga a un perro chihuahua vestido con una camiseta rosada, es hembra. El pastor alemán corre desaforado como si fuera a abrazarla, a tragársela. Enseguida, el instinto de sobrevivencia de una señora, que supongo es la madre del niño, quien toma a su mascota entre sus brazos y la salva de los ladridos, de las mordidas del pastor alemán. Lo ahuyentan. La chihuahua, a su modo también ladra, como reclamándole que se equivocó de compañera, que ella ni en pelea de perros callejeros, perdidos, sin dueño, no se fijaría jamás en un perro sarnoso y desnutrido. A su manera ella también lo rechaza, lo discrimina. Vaya que suerte de perro o de a perro que tienen estos animalitos abandonados a su desgracia siendo rechazados hasta por sus hermanos de raza.

En esta vez, miro a una niña que tiene un bebé. Lo abraza, lo besa, a su manera lo acaricia. Le da pequeños golpes en el pecho, para sacarle los cólicos. Se le resbala, se cae. El bebé se ha golpeado la cabeza. La niña no sabe qué hacer. Se desespera. Llora, pero él bebé no respira ni llora. La gente se amontona. Una mujer gorda lo levanta y se da cuenta que en realidad no es un bebé. Algunos respiramos tranquilos. Mientras otros no saben si reprender a la niña por el susto que nos llevamos. O darle gracias al Cielo que se trató de una confusión, de un mal entendido. Luego llega un hombre con bigotes, es el padre, que toma a la niña de la mano izquierda. De la emoción de ver al papá se ha olvidado en el asiento lo que aparenta ser un bebé. Se regresa, lo encuentra. La niña se va saltando, silbando una canción.

Aparecen trece mochileros, con apariencia de hipees. Todos cargan sus pesadas mochilas como si les pesara la vida. Visten todos con pantalonetas floreadas, lo que contradice al frío quiteño y llevan cada uno en sus manos derechas botellas de agua para beberse de sorbo a sorbo la vida.

Mientras quienes si visten apropiadamente para la ocasión. Son una pareja con sus cinco niños, a quienes apenas se les ven los ojos, están arropados desde la cabeza hasta los pies. Ellos no se acostumbran al frío y desearían huir a toda prisa de este lugar para retornar aunque sea gateando a su lugar de origen. Su acento los delata, son de alguna ciudad de la costa ecuatoriana.

Ahora miro a una anciana con botas siete vidas, a lo mejor, ella ha sobrevivido a tantas otras vidas, ha resucitado de otras tantas muertes. Toma asiento, respira como para no perder el aliento. Lleva una bolsa, la golpea con su bastón con rabia, como desquitándose de las penurias que le ha brindado la vida. Luego con sus largas uñas que en realidad parecen garras cuenta algunas monedas, son centavos, que para ella deben constituir una fortuna. Bosteza, tal vez tiene hambre, sueño o ambas cosas. Me mira como recriminándome que por qué la observo. Su mirada se confronta con la mía, de desesperanza, de tristeza, de agonía, de tanta mezcla extraña, prefiero ya no mirarla más, para que no me derrote su pesimismo. Sin embargo, al final me sonríe como diciéndome nada está perdido.

Un policía municipal le llama la atención a un vendedor ambulante, quien lleva sobre la cabeza pasteles. Es expulsado de este lugar para que no dañe el ornato, la limpieza y buena imagen de este terminal. En el trayecto se encuentra con viajeros que le compran los pasteles. El guardia en lugar de reclamarle que no venda, le permite hacerlo, tal vez se le conmovió el corazón, pues el vendedor no está robando, a su manera se gana honestamente el pan de cada día.

En este curioso paisaje de pasajeros que vienen y van, los niños están presentes. Uno de ellos juega con un carrito de madera, lo desarma, es un rompecabezas, así se entretiene. Sin embargo, algo hizo mal porque es reprendido por su madre.“Sí yo soy chiquito”, dice, como rogándole a su madre que le entienda, que él no lo hizo a propósito, que es propio de las travesuras de los niños. Luego el crío llora como maldiciendo el haber nacido.

Desde el lugar donde me encuentro escucho a unos colegiales quienes discuten si lo correcto es decir la terminal o el terminal. Uno de ellos que lleva tres aretes en su oreja izquierda afirma seguro, que lo correcto es la terminal, porque así lo ha escuchado y lo ha leído en los medios de comunicación. “Vos estás mal”, le dice otro muchacho. Y para hacerle notar el error le responde con otra pregunta: “A ver ¿cómo se dice las buses o los buses de transporte?” Otra muchacha mientras se sube una de sus medias le responde: “los buses”. “Exacto, por lo tanto lo correcto es el terminal y no la terminal de buses y además como que suena mejor a los oídos que la terminal, jajaja”, se ríe uno de ellos. Y para que entiendan mejor, el muchacho de la mochila azulada les insiste, “si decimos la terminal es como si dijéramos la diploma cuando lo correcto es el diploma”. “Siempre se aprende algo nuevo”, afirma otro de los colegiales. Y cómo burlándose de él, una muchacha sentencia: “deberías lanzarte para presidente”. Todos ríen. Mientras me alejo dejando a los adolescentes inmersos en sus propias conversaciones, en su propio mundo de lápices, de goma, de papel…

No deja de sorprenderme lo que ocurre en este terminal de buses. Una mujer camina, y hace muecas, como burlándose de quienes la miramos, “¿qué le hemos hecho para que se comporte así?,” me pregunto. Apenas ahora la miro muy bien, su boca está torcida. Le acompaña su hijo, la toma de la mano para no desprenderse de ella, del cordón umbilical, que le enreda, que lo habita, que es su alimento filial, amoroso, de ensueño, de bondad.

Mis pensamientos son interrumpidos por unos perros que pelean entre sí, al principio juegan entre ellos, se muerden como acariciándose, espulgándose, pero sobresalen sus colmillos, con rabia. Hay otros perros que utilizan sus patas como palas, que cada vez que lo hacen levantan polvo, como si estuvieran desenterrando el último hueso del día. El resultado es un hueco, y uno de esos perros, coloca su cuerpo en el hoyo recién hecho y le calza justo a su medida, así se abriga del frío. Los canes excavan su vida para llamar la atención, para que alguien aunque sea el olvido no se olvide de ellos. Todo esto ocurre ya al embarcarse a los buses, al final, entre los andenes 31, 32 y 33 porque estos animales a su manera necesitan ser también comprendidos. Escucho a un hombre gordo que se rasca la barriga, y grita: “Que alguien nos explique qué hacen esos perros muertos de hambre, de soledad, vagabundeando por este terminal. ¿Por qué no les recogen alguna fundación de amigos de los animales?, ¿alguna clínica veterinaria?, alguien que se encargue de estos infelices que por culpa de sus perversos amos, se han extraviado, o han huido de sus incomprendidos hogares”. “Que algún caritativo, alguna autoridad tengan compasión, se apiaden de ellos”, dice otra mujer que vende una especie de almohadones para no despertar el sueño.

El tiempo ha pasado sin avisarme que es hora de partir, de embarcarme con todas estas miradas apuradas, remendadas, imaginadas, realizadas en este terminal de buses. Historias que se resisten a ser contadas como mi sombra que se desprende de mí para reencontrarse con sus nuevos y otros pasos.

Terminal Quitumbe, Quito, Marzo, 2017


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